08/02/10
Nos quieren quitar la calle
Las ciudades de Colombia se cubren a diario con publicidad comercial: desde los últimos jeans de moda, hasta el trago, cigarrillo o música que los jóvenes deben consumir. Pero cuando llegan, después de cuatro años, los dos meses de ejercicio democrático que determinan el futuro del país, algunos salen rápido a penalizar y acusar a los que usamos las calles para comunicar nuestro mensaje.
Espacio público y democracia están necesariamente relacionados dado que son dos conceptos mutuamente determinantes. El espacio público fue conceptualizado por primera vez en la Antigua Grecia, en el pensamiento de Aristóteles. Por aquella época, el pensamiento occidental naciente se concentraba en analizar el fenómeno de la neonata urbanidad. Las implicaciones prácticas de la ciudad como un nuevo modo de organización social se daban cita con la política y la “cosa pública” -es decir, la democracia-, precisamente en el espacio público.
Así pues, la carga simbólica del espacio público ha ido en aumento a través de los tiempos. No en vano, Kant le sumaba la propiedad de servir como escenario al ejercicio ilimitado y emancipador de la “razón pública”, en oposición a la restringida y doméstica “razón privada”. Sin espacio público no hay comunidad y no hay opinión: no hay sociedad.
Ya en la modernidad, el espacio público ha tenido que ser caracterizado para distinguirse de espacios privados, espacios privados colectivos, espacios semipúblicos, etc. El espacio público puro aun logra “privatizar” dos de sus rasgos constitutivos más cruciales: los factores de acceso y de función. Primero, el acceso al espacio público debe ser irrestricto, no solo física sino también económica, social y antropológicamente; por ejemplo, se puede pensar en un centro comercial como un espacio semipúblico: sus puertas están abiertas pero los pobres no entran, es un lugar público de propiedad privada. Segundo, la función del espacio público debe estar medida por la interacción que trasciende lo privado, que teje comunidad. Cualquier asunto de interés colectivo puede ser lanzado a este espacio para su discusión, sin que nadie pueda regular ésta dinámica.
La sociedad donde no hay comunidad, donde todo es privado y no hay espacio que funcione como público es la sociedad ideal del neoliberalismo. La sociedad de la anomia. En sentido opuesto, la sociedad donde todo es público y no se respetan los asuntos privados -no necesariamente la propiedad- es la sociedad totalitaria. La esencia de la democracia es el límite entre el espacio privado y el público, en el espacio público todos somos iguales. La calle es el espacio público.
Ahora bien, desde Aristóteles hasta Habermas, pasando por Kant y otros tantos, coinciden en que en el espacio público se exponen opiniones, se debaten propuestas y, lo más importante, se comunica. De esta manera existe lo que hoy llamamos “opinión pública”, entendida ésta como el resultado del intercambio de posiciones e ideas, la contradicción entre posturas discursivas y la discusión acerca de los problemas que afectan el interés común.
El resultado de ésta interacción social discursiva, para Habermas, es la “publicidad”, elemento que, siendo producto de la esfera intermedia entre la sociedad civil y el Estado –el espacio público-, puede ser utilizada por los ciudadanos para contrarrestar el poder del Estado cuando éste se sale de sus límites democráticos. Así, el espacio público es -y debe seguir siendo- el escenario para la exposición de ideas y propuestas, para la producción de iniciativas y alternativas; y la opinión pública es –y debe seguir siendo- el arma de las masas contra las extralimitaciones autoritarias del poder. Sin este espacio, no nos es posible constituirnos como sujetos políticos y sociales, culturales o religiosos, en medio de lo que sería una sociedad sometida por el individualismo y la inercia.
A la política se le ha usurpado el espacio público en Colombia. Se criminaliza al mensaje crítico y se plaga el panorama con publicidad corporativa y heroica propaganda de los círculos superiores del poder, círculos que en éste país están abandonando su naturaleza política para ser simplemente mafiosos. Ramoneda, el filósofo y demócrata español escribe “(…) la pluralidad de fines es el fundamento del espacio público, como garantía de la pluralidad real de la sociedad. El espacio público puede servir para realizar o expresar fines compartidos por una sociedad o una parte de ella, pero no debería ser lugar de exclusión de nadie.”
En conclusión, se hace evidente que el estado del espacio público refleja el estado de la democracia. Y a nosotros nos han prohibido las calles, nos han quitado el espacio público. Siguiendo al sociólogo francés Jean Beaudrillard, es la expresión callejera la única forma de comunicación “inmediata”, es la única verdadera alternativa frente a la comunicación mediada, que todos los días nos escupe valores corporativos y atañas institucionales a través de canales a los que solo unos pocos tienen acceso. Como dice la famosa pinta rebelde de fines del siglo pasado: “Paredes en blanco, conciencias en blanco”. Y nosotros, como comunicadores, siempre hemos estado del lado de la expresión social.
Los que se preocupan por el daño que le hacemos a una ciudad “limpia y bonita”, se olvidan a conveniencia de que este enorme lienzo edificado alberga a una sociedad enferma, rasgada por la injusticia social y guiada por la ignorancia que salvaguarda a sus líderes corruptos. Están los que argumentan que una apariencia de orden inspira una sociedad ordenada. Solo hay que remontarse a la Alemania de Hitler para responder a ese argumento. Esta es una campaña de voluntarios, sin enormes agencias de publicidad, guiada por un equipo que trabaja porque cree que su candidato tiene los valores y las capacidades para ayudar a construir un país mejor. Y nuestro objetivo nos seguirá empujando al uso de la calle, el internet, la prensa alternativa (que publicamos y distribuimos con nuestros limitadísimos medios) y, en general, cualquier medio democrático que logremos poner a nuestra disposición, en un país donde cada día los espacios son más controlados y regulados por los diferentes actores del juego de poder.
Hoy, la legalidad está del lado del totalitarismo, y los pocos actores que comprenden el valor del espacio público olvidan su naturaleza y pelean por él, reclamando un derecho de propiedad inexistente tanto en el papel como en la moral. El ocaso de la democracia depende del resurgir del espacio público con sus libertarias propiedades originales: el pluralismo, la crítica, el debate y, sobre todo, la política.
Cuando la política es sacada de las calles, la corrupción, el clientelismo y la exclusión reverberan en el bajo mundo de los altos círculos de poder. Esta persecución a los que hacemos política en la calle y con la calle hace parte del sucio juego que aventaja a los de siempre. La publicidad “legal” (sus pautas televisivas y vallas publicitarias) hace parte del millonario círculo vicioso que favorece a los candidatos de grandes gremios económicos e infladas cuentas bancarias. Mientras tanto, en el país del Sagrado Corazón, no tenemos voz los que sufrimos tanto.
Y no somos los únicos que opinamos así, para la muestra el reciente editorial que María Elvira Bonilla escribió para El Espectador.