En el senado

Robledo Somos Todos

¿A qué debemos decirle sí?

Jorge Enrique Robledo

El otro día me dijo un periodista: “Senador, los dirigentes uribistas afirman que el problema con usted y con los del Polo es que a todo le dicen que no. ¿Qué opina? Dígales que se equivocan –le respondí. Porque no es verdad que a todo le digamos que no, puesto que apenas nos alcanza el tiempo para oponernos por ahí al cinco por ciento de lo que debiéramos rechazar, dadas las tantas iniquidades y desvergüenzas que se deciden en contra el país. Pregúnteles a los que echan la pulla –le agregué– qué debemos aplaudir:

¿Que el sesenta y seis por ciento de los colombianos, 28 millones, sobreviva en la pobreza y que alrededor de diez millones de ellos todas las noches se acuesten a dormir con dolor en sus estómagos, no por haber comido en exceso sino porque no comieron nada? ¿O celebramos que cada vez más, desde 1990, con el llamado “libre comercio”, sea más fácil ganarse un chance o una lotería que conseguirse un empleo estable y bien remunerado? ¿O saludamos que 2,5 millones de niños se encuentren por fuera de las instituciones educativas, ignominia que los condena a la ignorancia y, con ella, a la pobreza y la miseria? ¿O le decimos sí a la Ley 100 de salud, que mata más que todas las violencias que torturan al país, porque se diseñó con el perverso objetivo de supeditar el bienestar y la vida de la gente a las ganancias del puñado de negociantes que monopolizan el sector? ¿O quieren que aplaudamos las normas sobre pensiones, las mismas que sustituyeron el derecho por el negocio, las cuales, asociadas con el desempleo, hacen que a los colombianos se les niegue el trabajo, por viejos, a la edad de cuarenta años, pero se los considere muy jóvenes a los sesenta, cuando de trata de pensionarlos? ¿O agradecemos que las facturas de los servicios públicos constituyan un boleteo mensual que les quita el pan de la boca a tantos compatriotas? ¿O nos alegramos porque producir en Colombia, en el campo y la ciudad, más que un acto económico parezca un milagro? A todo esto, por supuesto –concluí–, los del Polo vamos a seguir diciéndole no, aun cuando, por razones obvias, se molesten los causantes de este desastre y quienes –sin deberse a ellos, porque carecen de ese poder– asumen una actitud complaciente frente a tal realidad”.

Y podría detallarse hasta la náusea la omnipresente mediocridad de Colombia, si se exceptúa la gran belleza y riqueza de su territorio y la admirable naturaleza de un pueblo inteligente, trabajador y creativo, tan bueno como el que más. Que los hombres y mujeres sí que hay en el país, esos que a todo le dicen que sí, por mediocre o retardatario que sea, muestren una cosa, una tan sola, de las condiciones económicas, sociales y políticas nacionales, con la que los colombianos podamos presentarnos orgullosos ante el mundo. De qué podemos ufanarnos: ¿del cuidado del medio ambiente? ¿De los niveles de la corrupción? ¿Del progreso científico? ¿Del trato a las mujeres y las minorías? ¿De la paz de los últimos 40 años? ¿Del tipo de democracia que se practica aquí? ¿De que muchas de las organizaciones políticas sean una especie de asociaciones para delinquir que no les ofrecen a sus adherentes luchar por un país mejor, sino exceptuarlos del desastre que ellas mismas producen cuando llegan al gobierno? ¿De la parapolítica? ¿De la actitud de sometimiento de Uribe ante la Casa Blanca y el FMI que perpetúa la pobreza, del maltrato que le propinó al profesor Moncayo o de su agresión a la Corte Suprema de Justicia? ¿De qué, digan de qué –que valga la pena, porque se refiere a las condiciones generales de la nación como un todo– pueden enorgullecerse los que han dirigido y dirigen a Colombia?

Si algo le ha hecho daño al progreso de Colombia es la ideología de la complacencia con la mediocridad que suele orientar a tantos analistas de la realidad nacional, concepción que en vez de tomar la verdad de los desastrosos hechos que afectan a millones, silencia lo que ocurre y presenta como grandes avances las medidas que se toman para mantener o profundizar la iniquidad prevaleciente, iniquidad que, sobra decirlo, no afecta o por lo menos no con toda su rudeza a quienes la ocultan. Ojalá los analistas sí comentaran por qué el capitalismo nacional opera con el 60 por ciento de la población en la pobreza, mientras que el de los países desarrollados funciona con el diez por ciento en esa condición. ¿Por qué lo único que exigen los poderes globales que se asemeje en los dos casos, o que sea “mejor” aquí, son las tasas de ganancia de monopolios y trasnacionales? Si Colombia no pertenece a los países del mundo con menos problemas económicos y sociales no es porque no se pueda, sino porque no se quiere, porque ni siquiera se intenta.

Bogotá, 10 de agosto de 2007.

El secreto del clientelismo

Jorge Enrique Robledo Castillo

Muchísimos de los votos son producto de operaciones clientelistas. El elector sufraga a cambio de un beneficio personal: la oferta de un empleo o el mantenimiento del que tiene, una obra de infraestructura, un cupo en una escuela, un carnet del Sisbén, un contrato, etc., etc. Es la actividad del Estado –sobre todo la del poder ejecutivo, que es el que maneja la plata y los puestos– convertida en mecanismo de extorsión ciudadana. Claro que esos funcionarios no actúan solos pues les deben sus puestos a los que recolectan los votos, es decir, a los miembros del legislativo y a sus jefes, los habilidosos senadores.

Es tal el control de los barones sobre sus electores que pueden hacer campañas sin fijar posición frente a los temas que más afectan a la nación, así en el Congreso hayan aprobado todo tipo de medidas en su contra, y salir reelegidos. El “buen” barón debe tener tan sometida a su clientela -incluídos los subalternos que tienen que arrear la carne de urna- que ninguna decisión, por disparatada que sea, le reste un voto. Y es tan inveterada esta práctica que hay quienes creen que eso es la política: que el asunto se limita a conseguir votos como sea para alcanzar el gobierno y dar y recibir prebendas, mientras se deja que el gran cacique se vaya a Bogotá a aprobar lo que dicte la tecnocracia del Fondo Monetario Internacional, a cambio de que cada genuflexión produzca más puestos, más recursos y más contratos que permitan acrecentar y lubricar la maquinaria.

Claro que vistas las cosas con cuidado, ¿qué más pueden hacer los barones electorales? A manera de ejemplos, cómo conseguir votos diciéndole a sus subalternos y a sus clientelas: “voten por mí que yo estoy de acuerdo con la apertura que arruina al agro y la industria nacional” o “voten por mí que me tiene sin cuidado la crisis cafetera” o “voten por mí que estoy de acuerdo con las privatizaciones de las empresas de servicios públicos y las alzas en las tarifas” o “voten por mi que estoy a favor de la concentración de la riqueza y el aumento del desempleo y la pobreza” o “voten por mí que yo les subo los impuestos cada año” o “voten por mí que a mi me importa un pito la soberanía nacional” o “voten por mi que soy neoliberal y samperista”. ¡Ni locos que fueran! A veces, cuando al calor de la campaña les da por teorizar, sectarizan con trapos de colores para que las gentes embistan con los ojos cerrados y tan engañados como los toros de casta o hacen demagogia sobre los efectos de la crisis nacional, en tanto guardan calculado silencio sobre las causas de ésta, o hacen retórica moralista, muy a la última moda.

Casi toda la política en Colombia es el acto de prestidigitación mediante el cual se induce al elector a pensar que sus problemas no tienen responsables o que solo obedecen a las decisiones de unos presidentes que se desechan cada cuatro años, mientras el favor clientelista sí tiene benefactores a la mano a quienes agradecerles cumplidamente en todas las elecciones.

Coletilla: picante el programa de humor político que hace en la radio William Calderón. ¿Será por eso que casi carece de anunciantes?

Manizales, 3 de febrero de 1998.

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