En el senado

Robledo Somos Todos

Una gran manguala no es Unidad Nacional

Jorge Enrique Robledo

Juan Manuel Santos asumió dos compromisos principales: continuar con todas las políticas de Álvaro Uribe, administración en la que él fue pieza de importancia, y montar un gobierno de “unidad nacional”. Para lo que llama la “unidad nacional”, además de la U, reclutó al conservatismo, a Cambio Radical y al PIN, así a este lo niegue como lo niega Álvaro Uribe. Con honrosas excepciones, el Partido Liberal, encabezado por César Gaviria, también lo respaldará. Y la cúpula verde dijo que no estará en la oposición.

Sin embargo, Juan Manuel Santos podrá montar una gran manguala, pero no un gobierno de unidad nacional, por lo menos no en el sentido de que ese gobierno represente los intereses del conjunto de la nación, pues si algo caracteriza a la administración de Álvaro Uribe –que Santos continuará– es lo antidemocrático de sus concepciones políticas y lo plutocrático de sus criterios económicos y sociales, es decir, por gobernar según los intereses de las trasnacionales, los monopolios criollos y las roscas clientelistas, en tanto a la casi totalidad de la nación se la excluye en mayor o menor medida del bienestar. Hay que ser muy caradura para hablar de “unidad nacional” con el objetivo de continuar un régimen que condujo al país a uno de los peores indicadores sociales de América y del mundo –en desempleo, pobreza y concentración de la riqueza, por ejemplo– y que, además, persiguió a los jueces para imponer el tapen tapen de los horrores que escandalizan al mundo.

Lo de verdad nuevo del gobierno que empieza consiste en que contará con más políticos tradicionales, de esos que aprueban cualquier cosa, por lesiva que sea para la nación, siempre y cuando les garanticen los puestos y los contratos con los que “legitiman” al régimen. Lo que presentan como “unidad nacional” no pasa de ser, en realidad, una manguala política tan amplia que en ella caben hasta los viejos y los nuevos angelinos. Y es obvio que este contubernio no cambiará positivamente al país, sino que lo mantendrá igual de mal o lo empeorará.

La máscara de la “unidad nacional” tiene otro fin que no expresa la fortaleza sino la debilidad de Santos: diferenciarse en algo, pero solo en asuntos formales, de lo que cada vez más se reconocerá como la desastrosa herencia de Álvaro Uribe, para poderla perpetuar en sus rasgos fundamentales. Por ello, para el Presidente electo es clave que su primer año no se cuente como el noveno de Uribe, a pesar de serlo, porque perdería capacidad de manipulación. Y la engañifa también se explica por otra de sus debilidades: con una economía minada por la inviabilidad propia del libre comercio neoliberal, podría suceder que las carnadas con las que han pescado el respaldo popular pierdan eficacia y crezca la oposición entre los hasta ahora confundidos.

Desnudar esta pantomima reviste la mayor importancia. Porque no hay peor gobierno que aquel que se mueve por intereses contrarios a los nacionales pero consigue amplias mayorías políticas y además oculta sus verdaderos fines tras el respetable manto de la unidad nacional, pues ello le facilita ejecutar los mayores desmanes en contra de las concepciones democráticas en lo económico, político y social. Y porque es obvio que la falsa unidad nacional santista también apunta a aplastar toda idea diferente al pensamiento único del Consenso de Washington, la democracia de mentirillas y la mayor impunidad. Vale recordar al Frente Nacional, período en el cual, por Constitución, en Colombia se impuso una especie de dictadura liberal-conservadora que no gobernó en beneficio de las mayorías nacionales.

Salvo que traicionara sus concepciones programáticas, el Polo Democrático Alternativo no puede hacer nada diferente a oponerse con todo valor y firmeza al gobierno de Juan Manuel Santos y explicar en qué consiste su astucia de la falsa unidad nacional, como con acierto lo determinó su Comité Ejecutivo. La izquierda democrática no debe engañar, pero tampoco acolitar que el engaño prospere. Y es seguro que esta posición la asumirán también los millones de colombianos de todas las condiciones sociales y políticas que no se inclinaron ante las barras bravas uribistas ni lo harán ante la gran manguala.

Coletilla: al absolverme, el Procurador dice que no hay nada mío que viole la ley, porque aparezco en los computadores de Reyes como “un acto unilateral de las Farc”. Pero eso ya lo había probado la Policía antes de abrir la investigación en mi contra.

Bogotá, 25 de junio de 2010.

Sobre la misma confusión de todas las veces

Jorge Enrique Robledo

Los colombianos asistimos al acostumbrado rito de ilusiones cada vez que se cambia el Presidente, rito que dura desde el día en que gana las elecciones hasta una fecha más o menos lejana al momento de posesionarse y durante el cual no puede saberse –dicen– si el nuevo jefe de Estado resolverá o no los graves problemas de la nación. Este lapso, en el que se otorga un compás de espera siempre favorable al recién electo, tiene origen en la inocencia de quienes intentan adivinar lo qué pasará y arbitrariamente le adjudican al nuevo Presidente las virtudes que ellos quisieran que tuviera o en la marrullería de los que se aprovechan del desconocimiento de tantos para inducir ciertas ideas.

Durante esta luna de miel se embellece hasta el absurdo al recién electo, olvidando, tapando o palideciendo sus peores ejecutorias, casi que convirtiéndolo incluso en otra persona. A cada frase demagógica suya o de quienes serán sus ministros, por imprecisa o inane que sea, se le imaginan poderes para resolver los problemas del país o por lo menos para lograr “grandes” avances. Llega al paroxismo lo que puede llamarse pensar con las ganas, como se dice cuando las ideas no se sacan de la realidad sino de lo que se desea, para concluir cómo será el nuevo gobierno.

El enredo crece porque no faltan los que durante las elecciones se opusieron al nuevo mandatario, pero en la confusión terminan respaldándolo o por lo menos dándole el compás de espera. Además de los que se embolatan por cándidos, también aparecen los que por alguna conveniencia personal aprovechan la confusión y cambian de bando. En esta etapa se complica el debate para quienes no siguen la corriente de moda e insisten en las razones por las que se opusieron al Presidente electo cuando era candidato.

Lo que podría llamarse una tendencia natural a la confusión que facilita el engaño se agrava cuando el flamante mandatario, como ocurre con Santos, decide como política diferenciarse de su antecesor, no porque tenga con él discrepancias de fondo sino porque entiende que debe lograr los mismos objetivos pero con sus propias maneras. Si rápido se concluye que Santos I es Uribe III, Juan Manuel Santos habrá fracasado.

En esta añagaza de venderle al comensal gato por liebre juega un rol importante centrar los comentarios en las formas de los nuevos funcionarios y en temas secundarios, y no en las principales políticas que aplicarán y  que dicta Juan Manuel Santos y no sus colaboradores. Cuando se sucede a un gobierno de maneras tan detestables como el de Álvaro Uribe, resulta más fácil utilizar aspectos no fundamentales para presentarse como de verdad diferente.

El caso clásico de las ilusiones equivocadas que generan las diferencias personales puede ser el del Ministerio de Agricultura, donde se hizo famoso Andrés Felipe Arias, y no propiamente por simpático o porque no hubiera empeorado la crisis del sector. Se equivocan quienes creen que el agro puede mejorar por el simple cambio de talante del ministro o que este llega allí con su propia política y no con la del Presidente. Porque es inevitable que el drama agropecuario aumente mientras siga el libre comercio, que por sobre todo consiste en que Colombia importe lo que puede producir, política que es la de Uribe y que Santos ofreció continuar. ¡Que arroceros y lecheros en trance de quiebra por los TLC no bajen la guardia!

Ayuda a no caer en ilusiones sin sustento tener presente que Santos fue ministro de Comercio de César Gaviria, de Hacienda de Andrés Pastrana y de Defensa de Álvaro Uribe, todos neoliberales. Y no se ha arrepentido de una sola de sus ejecutorias, ni de las peores. Los nuevos ministros de Hacienda y Protección son parte de la rosca de tecnócratas que ha detallado en Colombia la aplicación del Consenso de Washington, la de Ambiente ya se puso de parte de la gran minería y el de Agricultura también estuvo en el gabinete pastranista. Aunque en el santismo existan matices alrededor de cómo enfrentar al gobierno de Venezuela, la política exterior seguirá siendo la del Departamento de Estado. Y Angelino Garzón, ex ministro de un gobierno contrario a los trabajadores, anda reclutando más angelinos  y volvió a desnudar su alma: acaba de decir que la parálisis del TLC con Estados Unidos es “un triunfo de los grupos armados ilegales”, desvergüenza por la que debería pedir perdón.

Que los demócratas colombianos que se hicieron ilusiones con Obama tengan en cuenta esa experiencia.

Bogotá, 23 de julio de 2010.

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