Intervención del senador Jorge Enrique Robledo en el debate sobre fumigación con glifosato en el Parque Nacional Natural de La Macarena, Comisión Quinta, 13 de septiembre de 2006
Un acto, ya no bárbaro, sino propio del salvajismo. Vergüenza universal para Colombia. Un horror dinamitar a los erradicadores manuales. Con el pecado y sin el género. ¿Por qué siembran coca nuestros campesinos? Según la lógica del gobierno, mejor pedir perdón que permiso. El narcotráfico no va a disminuir. ¿Qué sigue después, los micoherbicidas? La teoría del mal menor.
Soy de los muchísimos habitantes de Colombia y el mundo convencidos de que las fumigaciones que se hacen en Colombia producen inmensos daños ambientales. No comparto la teoría de que los productos tóxicos no intoxican ni producen daños, aun cuando el gobierno y la embajada estadounidense hayan gastado sumas importantes bregando a convencernos de que los venenos no envenenan. Esperemos que el señor ministro de Ambiente no vaya hoy a insistir en lo mismo y no terminemos un poco en el oso de ayer, cuando el señor ministro de Agricultura se gastó media hora hablando de las vacas locas, en una visión seudocientífica, para explicar lo que no pasó de ser una arrodillada ante la Casa Blanca.
Estoy entonces convencido, no obstante los estudios que nos traiga la embajada estadounidense, de que estos son venenos y hacen daño, y no solo sobre plantas y animales, sino también sobre la gente. Hay algo que se comenta poco: se está fumigando lo que se llama cultivos intercalados, de coca con la comida y el pancoger. Los venenos terminan cayendo sobre la coca y sobre el plátano y sobre la gente y sobre las vacas y sobre los niños y sobre todo. Es un acto de barbarie lo que se está haciendo en Colombia, el único país del mundo que fumiga con tóxicos desde aviones sobre este tipo de cultivos.
Y hemos llegado a un punto que es, cómo diría, la vergüenza universal para nuestro país. Hemos pasado ya el umbral de fumigar hasta los parques naturales. Les quiero recordar a los senadores de la Comisión Quinta, a los que están desde hace días, como el senador Serrano, que esto de fumigar los parques lo viene intentando el gobierno nacional desde hace rato. El primer debate sobre fumigaciones que hice hace dos o tres años fue para intentar parar una fumigación de parques ya decidida y que logramos impedir. Pero al año siguiente volvieron a intentarlo con el famoso estudio de la OEA. Luego a mí no me ha sorprendido que por fin el gobierno del doctor Álvaro Uribe Vélez se haya salido con las suyas y se estén fumigando los parques naturales, con el argumento de que las fumigaciones no hacen daño. No me sorprende tampoco que se haya utilizado un pretexto para iniciar las fumigaciones sobre las reservas ecológicas y quiero poner a los colegas del Senado como testigos de que el gobierno lo había intentado antes por lo menos dos veces.
Si fumigar la geografía del país es un acto bárbaro, hacerlo sobre los parques naturales es ya un acto de salvajismo, un estadio anterior a la barbarie, un acto que nos deja muy mal ante la gente civilizada del planeta. Cómo explicar, desde una lógica democrática y de tipo científico en el mundo de hoy, que un Estado sea capaz de fumigar con tóxicos sus propios parques naturales. Y menos aún cuando se miran las áreas afectadas, porque si es con las áreas del Simci, donde hay coca, son 3.300 hectáreas en La Macarena contra 85 mil en el resto del país. Pero si es contra las áreas calculadas por el Departamento de Estado, que es el que manda aquí y de pronto pueda tener mejores datos que la ONU, es contra 144 mil hectáreas. Entonces no logra uno entender cómo si hay más de cien mil hectáreas en coca, para poner una cifra promedio, se empieza por fumigar las tres mil de un parque natural, cuando lo obvio es, en una actitud benévola con el medio ambiente, acabar primero con los cultivos ilícitos de otras partes y ver por último qué hacer con el problema de la coca en los parques naturales e insistir, tal como se venía haciendo, con la erradicación manual, a la cual yo no me opongo ni nadie en esta Comisión ni nadie en el país.
Debo también insistir en que me parece un horror, y así lo expresé en una declaración que saqué en esos días, el hecho de que se pongan trampas con dinamita y se haga explotar a los campesinos que están haciendo la erradicación manual de la coca. Lo dije oportunamente y hoy lo reitero. No comparto este tipo de actitudes. Quienes como yo llevamos toda una vida militando en una organización política que no le ha hecho un tiro a nadie ni ha secuestrado ni ha extorsionado, tenemos toda la autoridad moral para decirlo de manera muy directa. No se puede levantar la teoría, ni de un lado ni del otro, de que todo vale porque hay un conflicto armado en Colombia. Ratifico entonces aquí públicamente que rechazo que se minen esos campos procediendo contra los erradicadores, pero afirmo también que, en respuesta, el Estado tampoco puede proceder de cualquier manera, primero, porque está en la obligación de hacer la erradicación manual garantizando la vida de esos compatriotas que han sido contratados para llevarla a cabo. La reacción no puede ser salirse de la erradicación manual con el pretexto de protegerles la vida a esos compatriotas. No, el Estado debe hacer erradicación manual y al mismo tiempo protegerles la vida a esos compatriotas.
De la misma manera, el Estado no puede fumigar ni el resto del país ni los parques con el argumento de que también los que están sembrando coca le hacen daños al medio ambiente. Cosa que es cierta. En un parque natural o en cualquier sitio quien siembra coca o amapola le hace un daño al medio ambiente. Pero de ahí no se puede concluir que como esas personas dañan el medio ambiente, entonces el Estado puede hacer lo mismo. Sería como una especie de ley del talión absurda y absolutamente inaceptable. Hay de por medio un problema ético frente al cual no podemos hacer concesiones. El Estado no puede secuestrar al que secuestra, ni asesinar al que asesina, ni robar al que roba. Se supone que hasta el peor Estado del mundo es una entidad superior a quienes deciden ponerse por fuera de las normas jurídicas. Esta es la discusión. Y es muy grave lo que afirma con razón el senador Torres de que toda la fumigación en Colombia, pero particularmente la de los parques, se hace contra las leyes de la República. Fue medio bochornoso, señor ministro, ver que más se demoró el presidente Uribe en dar la orden de fumigar, cuando ya estaban cayendo el glifosato y el cosmoflux sobre el Parque Natural de La Macarena. Aquí se pone en evidencia una especie de sello que marca estos tiempos de decadencia en el país y el mundo, resumido en aquella vieja frase de un ministro francés que, impresionado porque las leyes que tenía no le eran útiles a pesar de haber sido diseñadas por él mismo, por allá en el siglo XIX, entonces dijo: “La legalidad nos mata”. Ese es un poco el sino de la época: la norma en Colombia es la ausencia de normas, es moverse al filo de la ley, es tener para todo la interpretación. Un funcionario al que conocí en Manizales decía: “Es mejor pedir perdón que permiso”. Es la misma hazaña de Hommes, recuerdan, cuando admitía: puede que mi medida sea ilegal, pero mientras me la tumban en alguna Corte, yo voy cobrando los impuestos. Algo similar sucede aquí. Mientras la justicia decide si fue legal o ilegal la fumigación, ya el gobierno la hizo. Si uno se pone a mirar este pleito que se ha montado con las fumigaciones, concluye que hay una especie de machismo presidencial: si ustedes me hacen esto, yo les hago lo otro, menoscabando lo que se supone es la fuerza moral del Estado, porque hay ciertos límites que no se deben pasar.
Con el pecado y sin el género
Todo esto de la fumigación se justifica con una especie de pragmatismo muy propio de la época, el del fin justifica los medios, la perversión moral más grande que uno pueda encontrar. Y con este cuento no hay horror que no se cometa, el que secuestra, ¿por qué secuestra? Porque me gano una plata. El que es narcotraficante, ¿por qué hace narcotráfico? Porque me gano una plata. Entonces el fin justifica los medios, pero cuando el Estado entra en esa lógica de que como el narcotráfico o los cultivos ilícitos están por fuera de la ley, entonces, eso parece autorizar al Estado para hacer cualquier cosa.
¿Pero cuál es, además, el problema aquí? Que se quedaron con el pecado y sin el género. Ni siquiera logran el fin que se proponen justificar con esos medios ilegales, porque las propias cifras del Departamento de Estado, de donde sale la orden de fumigar –si no hubiera Casa Blanca de por medio, digámoslo con franqueza, aquí no se estaría fumigando y mucho menos los parques naturales– así lo demuestran. Hay un artículo de The New York Times, que ojalá todo el mundo leyera, del 20 de agosto pasado, contundente: después de 4.800 millones de dólares y seis años de fumigaciones, el área es básicamente la misma del año 2000, e inclusive un poco superior, 136.200 hectáreas de coca en el año 2000 contra 144.000 de hoy. Dice The New York Times, citando cifras del Departamento de Estado, en análisis avalados por todos los especialistas gringos en estos asuntos, que “el precio de la coca ha caído y la pureza permanece alta, signo de que la droga hoy es tan disponible como siempre”. Esta es la prueba reina del fracaso de la estrategia, porque ¿cuál era la lógica cuando se diseña? Reduzcamos los cultivos a la mitad para que se disparen los precios en el mercado estadounidense y para que así menos gente pueda comprar cocaína o heroína. Esa es la teoría, pero los hechos muestran es un fiasco. 4.800 millones de dólares gastados y no sé cuántos muertos y cuántas tragedias en Colombia, porque ellos ponen la plata pero los muertos los ponemos aquí. Un día le decía a Sabas Pretelt que allá se soplan las rayas de perica, mientras que los colombianos pagan el precio. Y añade The New York Times algo que guarda relación con el debate de ayer. Para los cultivadores locales el incentivo de plantar y preservar sus cultivos de coca es enorme, pues ningún otro cultivo paga tan consistentemente como la coca. Más tarde voy a regresar a este punto y lo voy a vincular con el TLC que ustedes quieren aprobar, senadores de la mayoría uribista.
Fumigan y fumigan, pero no baja la oferta ni suben los precios. Lo explicaba Francisco Santos en un estudio que hizo la Dirección Nacional de Estupefacientes. Se está produciendo mucho más de lo que daban los cálculos, porque los productores han afinado la manera de producir, con mejores variedades, etcétera. Esto cada vez más es una agricultura trabajada con todas las de la ley, y entonces las productividades se disparan. Los cultivadores de coca actúan con la misma racionalidad con que actúa cualquier agricultor. Si el negocio es bueno, están en el negocio. Y si empiezan a presionarlos, hacen esfuerzos por ser más productivos, para mantenerse en el negocio. Por ejemplo, pasaron de cuatro a seis cosechas al año y otra serie de datos que no voy a dar para no hacerme largo. Luego no es cierto, como lo ha sostenido el gobierno, que era que el mercado internacional lo estaban abasteciendo con cocaína almacenada. Eso es paja, mentiras piadosas que se mete la gente a sí misma bregando a justificar lo que no puede justificarse de esa manera.
¿Por qué siembran coca nuestros campesinos?
¿Cuál es el problema de fondo? Hay un lío, no diría que insoluble aun cuando sí muy difícil de resolver, como punto de base del análisis. En un extremo hay consumidores, millones en Estados Unidos, una sociedad en decadencia con mil problemas de todos los órdenes que explican que mucha gente, y lo lamento porque no me gusta que se envenene esa nación, está consumiendo drogas. Es una realidad que está ahí. De otro lado, hay en Colombia un montón inmenso de campesinos, jornaleros e indígenas, profesionales del agro. Es un hecho que parece no entenderse en los análisis. Un campesino es al agro como un médico al quirófano. Tiene que estar ahí. No se siente bien si no es ahí. Esa es su vida, esa es su lucha y va a hacer todos los esfuerzos del mundo por ser campesino o en Boyacá o en el Caquetá o en donde sea, porque es en el único sitio donde se realiza. Entre los indígenas colombianos este fenómeno cultural es todavía más fuerte. Decirle a un indígena, por ejemplo, que se cambie de región es como tirarle una bomba atómica. No cabe en la mentalidad de un indígena abandonar sus lares, los sitios de los antepasados.
Y a esos cientos de miles de campesinos e indígenas les aplican los gobiernos una política agropecuaria de ruina, y eso lo saben bien los senadores de la Comisión Quinta. En la década pasada se perdieron más de un millón de hectáreas de cultivos transitorios por cuenta de la apertura, en la que tanto tuvo que ver el doctor Santos, en esos días ministro de varias administraciones. ¿Y qué pasó con la gente que se arruinó en el maíz o en la papa o en el trigo o en la cebada? Bueno, esa es la gente que está hoy en los cultivos ilícitos. ¡Y dónde más quieren ustedes que estén! Se refugian allá en esas lejanías a sembrar ese tipo de plantíos porque los otros no les dan, no les operan, no hay vías, no hay respaldo de ningún tipo, los ponen contra la pared con las importaciones.
Hago una pregunta muy simple a los miembros de la mayoría: si hay una crisis grave en la leche por el TLC, ¿qué le pasa a la economía del Caquetá? Es un departamento que produce leche casi de milagro, o sea en las peores condiciones que uno se pueda imaginar, y la transportan hasta Bugalagrande. Si se acaba el arroz con el TLC, ¿qué va a pasar con el Meta y Casanare, productores casi todos de secano, que son los que más van a sufrir porque son los más pobres del arroz? Ese cuento de que aquí se quiebran son los agricultores ricos es paja de don Rudolf Hommes. No, se quiebran, además de unos cuantos ricos –porque también se van a quebrar–, miles y miles de pobres primero que nadie. Y eso es lo que viene con el TLC. Todos sabemos que es así. Ustedes podrán estar en desacuerdo conmigo cuando yo afirmo que se van a quebrar unos y ustedes dirán que un poquito menos, bueno, pero me tienen que reconocer que aquí se va a quebrar muchísima gente. Y me tienen que reconocer otra cosa. ¿Cuál es la fuerza moral del imperio cuando le impone a Colombia fumigar sus tierras y fumigar a sus campesinos e indígenas como cucarachas mientras les arrebata al mismo tiempo la posibilidad de ganarse la vida honradamente cultivando la alimentación que es capaz de consumir Colombia? Este es aquí en últimas el debate de fondo. Ustedes podrán darle mil vueltas, pero este es el punto que estamos obligados a abordar. Va a haber más cultivos de coca con el TLC, es obvio. O qué piensan ustedes que van a hacer los campesinos que quedan en Boyacá en la papa si el TLC los quiebra. Pasaron del trigo a la cebada y de la cebada a la papa y ahora están en la papa y en la leche, y si se acaba la papa y la leche o se ven disminuidos en materia grave, qué vamos a hacer con ellos.
Este es un problema social, senadores, pero el imperio lo convierte en un problema de policía. Y ojo con esto, ministros. El mismo problema de estos compatriotas en la ilegalidad por razones sociales lo afrontamos con los vendedores ambulantes, también por fuera de las leyes de la República hacer por ventas en la calle. Y qué hacemos entonces con ellos, ¿los fumigamos? ¿Y con los vendedores de minutos de los celulares, a quienes el gobierno también trata como ilegales, otro problema social? ¿Y con los del mototaxismo, qué hacemos? ¿Fumigarlos? Falta todavía un paso en la degradación y es que lleguemos a los rickshaws orientales porque ya no le alcance a la gente ni para comprar moto y entonces a uno lo lleven al tuntún como cuando era muchacho. Hasta allá podemos llegar. ¿Por qué, en resumen, a este caso de los campesinos que cultivan coca, un problema social, se le da tratamiento policivo o militar? Porque aparece atravesado el imperio haciendo unas exigencias que no se corresponden con interés nacional.
Entre el extremo del pobre consumidor gringo, a quien veo como una víctima, y la actividad productiva del pobre indígena o campesino o jornalero nuestro, a quien veo también como otra víctima, hay en la mitad el negocio del narcotráfico, que debe separarse. Nuestros campesinos no son narcotraficantes, los consumidores gringos no son narcotraficantes, son víctimas, cosa distinta, y no pueden ser tratados de la misma manera. En Estados Unidos no tratan a sus consumidores como narcotraficantes, ni siquiera en los estados más reaccionarios, pues allí avanza una concepción que los trata como enfermos, lo que en últimas son. Pero resulta que para el gobierno colombiano, nuestros campesinos, los que menos culpa tienen, porque inclusive ni siquiera disfrutan del acceso a la cultura con que cuenta el consumidor gringo, sí resultan ser unos hampones. Y al verdadero narcotraficante qué.
El narcotráfico no va a disminuir
Le voy a poner otro cascabel al gato. ¿Cuál es el éxito de la política contra el narcotráfico? Extraditan casi uno a la semana o a la quincena para Estados Unidos y, pese a todo, el negocio crece como hongos después de la lluvia, obvio, un negociazo de ese calibre. Ahora, digamos que no los despachan a todos, también está más o menos sabido, lo que no debe entenderse como que yo esté de acuerdo con que se utilice la extradición como un mecanismo de coacción política, como se viene usando. No, no creo que esa sea la manera de hacer las cosas. Está más o menos claro que en los próximos años el narcotráfico no va a disminuir en este país, no se va a poner bajo control, no va a ser ni siquiera seriamente golpeado, de ninguna manera. Lo que está habiendo es toda una reorganización del narcotráfico y de los narcotraficantes, que básicamente van a permanecer intactos frente a las leyes de la República. Y ahí si no hay autoridad suficiente. Hacen cosas, lo reconozco, y mandan cada quince días o cada mes a unas personas al zoológico de Nueva York a que se pudran. Pero el problema sigue vivito y coleando y ustedes saben muy bien de qué estamos hablando.
Quiero terminar mi intervención repudiando de manera enfática cualquier fumigación, pero en particular la que se está aplicando sobre los parques naturales. Repudio que a la población civil, en este conflicto armado que se vive en Colombia, se la maltrate de una parte y de otra. El debate guarda estrecha relación con los derechos de la gente y con las normas de la civilización. Uno como Estado no puede decir que como usted está en el sitio equivocado, entonces le damos con toda porque el fin, muy noble, lo justifica. Eso no puede ser así. El Estado no puede caer en lo que está cayendo.
El otro problema de fondo es que Colombia no tiene derecho a definir de manera soberana esta política. Nos la imponen. La determinan en la Casa Blanca, a su gusto, según su conveniencia. Y además la determinan mal. La W informaba hoy, no sé si ustedes lo oyeron, que en Londres están por el piso los precios de la heroína. Y están por el piso porque Estados Unidos cuando invade Afganistán acaba con el poco agro que había, y entonces en Afganistán todos los pobres están dedicados a sembrar amapola, y hay heroína hasta para tirar para arriba, en Londres, particularmente.
En suma, el debate tiene que ver con la soberanía de Colombia. No me opongo a que tengamos relaciones con Estados Unidos. Es un tema en el que a mí se me macartiza y tergiversa. No me opongo a que tengamos negocios con Estados Unidos, pero sí a que nuestro país determine sus principales políticas en función de los intereses y de los puntos de vista de Estados Unidos. Así no es posible nada, senadores. Con esa lógica este país se seguirá hundiendo y hundiendo y hundiendo. Y claro, en la espuma de lo que se hunde podemos estar localizados unos cuantos, ustedes y hasta yo. Algunos podremos volar, como las mariposas sobre el pantano, por encima del desastre nacional. Pero el país se sigue hundiendo y estos problemas se van a seguir agravando y no se van a resolver. Si algo falta en Colombia es que nos sentemos a mirar cada situación, pero con una actitud de soberanía nacional. En el caso que nos ocupa, yo no dudo de la complejidad del problema, pero el punto es que hay que ver cómo corregimos el rumbo, porque lo que se está haciendo es perfectamente indebido.
¿Qué viene después? ¿Micoherbicidas?
Y pregunto: ¿qué sigue después de la fumigación de los parques naturales, ministro del Ambiente? ¿Los micoherbicidas? Los gringos nos tienen amenazados con los micoherbicidas desde hace rato. Se intentó aprobar el año pasado, como lo denuncié aquí, una ley para fumigarnos con hongos, un arma de la guerra biológica y que puede producir una catástrofe ambiental. Me replicará ahora, me dirá el ministro, que ya el gobierno dijo que no. Sí, ya dijeron ustedes que no, como también habían dicho que no a la fumigación de los parques, como antes habían dicho que no a la fumigación del territorio nacional. Vuelvo y pregunto: hasta dónde va a llegar la escalada de los gringos en este conflicto, en este tema específico del tratamiento de los cultivos ilícitos. ¿Cuál es el límite, o no hay límite? Y si hay algún límite, ¿quién lo ha definido? ¿Los gringos? ¿Por nosotros? No lo creo. Ya hay poderes en Estados Unidos moviéndose a favor de los micoherbicidas, y ustedes saben eso. Dentro de cinco o seis meses nos repiten que volvió a fracasar la estrategia antidrogas, y entonces alguien dirá, ¿cuál es la conclusión? Pues los micoherbicidas. O falta ver qué otra atrocidad se inventarán. Espero que no sea la de fumigar a los cultivadores desde aviones, pero a tiros, porque esa es una opción que todavía ustedes no han utilizado. Que pasen los aviones y les echen bala a los que están allá abajo cultivando.
Insisto en preguntar: cuál es el límite, cuál es el punto en que este gobierno se va a parar en la raya y a decir, hasta aquí llegamos. Estamos viendo hechos tan dramáticos e increíbles como el de las vacas locas, como el de la negociación del TLC, sometidos ante los ojos del mundo a toda clase de actitudes atrabiliarias por parte de la Casa Blanca. No nos van a venir con discursos seudocientíficos a apaciguar con que eso de las vacas locas no es tan grave, por no sé que cuento ahí del señor ministro de Agricultura, que viene y nos habla media hora de los estudios de los gringos, parecía el viceministro de Agricultura de Estados Unidos. ¡Y por qué no nos citó más bien los estudios de los japoneses, que no permiten esas importaciones de carne, de nivel científico tan alto como el de los gringos!
Concluyo afirmando que lo que se está haciendo es demasiado mal hecho, demasiado equivocado, demasiado inhumano, y aun con eso, ni siquiera logran lo que se han propuesto, de modo que se quedan con el pecado y sin el género. Entiendo la dificultad del asunto, pero les pido que lo que decidamos hacer sea una decisión soberana.
Réplica: La teoría del mal menor
Senador Montes, los senadores citantes, sean quienes sean, tienen el derecho, normatizado en el Congreso de Colombia, y así lo indica la costumbre, de hacer la última intervención con tiempo suficiente para hacer referencia a lo que han dicho los ministros. De otro modo va a terminar sucediendo que uno hace su intervención y se va. Uno hace su primera intervención. Hablan los ministros sobre la intervención de uno y la interpretan como quieran y resulta que a uno se le dan 30 segundos para replicar. Qué tiene que ver eso con la democracia. Ustedes detentan aquí la mayoría, colegas del uribismo, y pueden imponer lo que quieran, pero se equivocan si establecen ese tipo de procedimientos. Los ministros disponen de cien mil horas en los medios de comunicación, frente a solo unas cuantas fracciones de tiempo que tenemos los congresistas y más si no pertenecemos al oficialismo.
Voy a hacer entonces unos comentarios muy breves. Lo primero, senadores y ministros, no tienen que invitarme a ver las fotos de los labriegos despedazados para que yo sea sensible frente a ese caso atroz. Aquí lo que hay que discutir es qué hacemos frente a ese hecho. Créanme, a mí esto tal vez me haya tocado más de cerca que a ustedes. Esos eran labriegos llevados allá como carne de urna por alguien en Caldas. Era gente cercana a mis afectos, buena parte de ellos semijornaleros del café o cafeteros empobrecidos. Si ustedes miran el día en que yo saqué mi declaración sobre el tema, van a ver que fue por ahí cuatro o cinco días después del bombazo, porque quedé realmente impresionado y tuve que sentarme a pensar qué decía frente al hecho. Lo que estamos discutiendo no es eso, es el qué hacer.
Creo que un país distinto al nuestro lo que haría sería aumentar la protección a esos labriegos, así sea costoso. Esa sería también mi solución. La fumigación nos vale a 13 millones de pesos hectárea, y la eficacia ya hemos visto que es muy poca. En cambio, la eficacia de la erradicación manual es mayor. Entonces, gastemos más plata en proteger a esos labriegos. No seamos tan cicateros con los pobres, seamos generosos con ellos. Y hay mil mecanismos, no me voy a entrar en detalle, porque o si no el senador Montes se molesta más conmigo. Pero hay mil mecanismos para hacer esa erradicación manual sin que se den esos riesgos.
Otro asunto es que a mi juicio es ilegal fumigar los parques. La analogía que he usado de que el Estado no puede asesinar al que asesina o robar al que roba, creo que le cabe a este punto. Lamento que sea usted, señor ministro de Ambiente, el que asegure que no le parece que fumigar con venenos un parque natural de la República de Colombia sea el peor crimen que se pueda cometer contra el medio ambiente. Que lo diga el doctor Santos, ministro de la Defensa, o mejor, de la guerra, se entiende, pero que sea el ministro de Ambiente me parece lamentable. Me uno a las voces de los ambientalistas que dicen que la política ambiental de este gobierno es terriblemente dañina.
Arguye usted, doctor Santos, que aquí hay que utilizar la teoría del mal menor, puesta por usted en boca de De Gaulle. Es una teoría, pero si no tiene límites ni está asentada en concepciones de principios se reduce al mismo pragmatismo de que el fin justifica los medios, y entonces quedamos supremamente mal. Estoy de acuerdo con la teoría del mal menor, pero sostengo que a usted no le sirve para justificar la fumigación de los parques, porque sería el horror pasar de la teoría del mal menor a la del fin justifica los medios, en buena parte el problema nacional. Cuál es el mal menor en este caso. El ministro dice que fumigar los parques. Retomo lo que dice el senador Araújo y que llama la atención: ¿hasta cuándo el Plan Colombia va a ser una caja negra que Colombia aplica a rajatabla y sea como sea? Porque diría que aquí el mal menor no es realmente el menor, cuando lo que está en juego es la pérdida de la soberanía nacional. Colombia no está haciendo, como bien lo recordó el senador Araújo, lo que Colombia cree que conviene hacer, sino lo que los gringos le impongan.
Y les cuento, senadores de la Comisión Quinta, que el Plan Colombia no consta solo de este componente militar y antidrogas. Contiene nueve páginas de letra menuda donde se consagra, por ejemplo, que si no respaldamos las políticas del libre comercio de Estados Unidos, nos cancelan el Plan Colombia. Está dicho en el texto. Nos impone el Plan Colombia, y cuando quiera, doctor Santos, le traigo el texto, la especialización en cultivos tropicales. Nos impone las privatizaciones, tengo los documentos, no me cabecee que no. Y por eso fue que cuando ustedes le pidieron a Bush que les diera un tratamiento considerado en el TLC, que no les dieron, los gringos les respondieron, no, nosotros ya estamos pagando con el Plan Colombia, llegó la hora de que paguen ustedes lo que allá estamos invirtiendo.
Pero además usted dice que en este negocio hay unos empresarios del mal, una manera amable de llamar a todo tipo de narcotraficantes. No solo aquí hay empresarios del mal, ministro Santos. ¡Qué me dice usted de los empresarios del mal que orquestaron una mentira monumental para poder justificar la invasión a Irak! Al lado de esos empresarios del mal que hicieron el horror de Irak, los de aquí, si vamos a hablar del calibre de la agresión, son unas monjitas de la caridad.
En Colombia corre la idea de que lo que es bueno para Estados Unidos es bueno para nuestro país, así como en tiempos de la Segunda Guerra Mundial se decía que lo que era bueno para la General Motors era bueno para Estados Unidos. Y mire usted, ¿cuál es la estrategia del Plan Colombia? No es la de acabar con los cultivos ilícitos, sino la de reducirlos a la mitad. Reducir el narcotráfico a sus justas proporciones, una teoría similar a la del doctor Turbay Ayala de reducir la corrupción a sus justas proporciones. Si logran el cometido, no se va a acabar el narcotráfico, sino que el precio de las drogas, dice los documentos de los ideólogos gringos, subirá en las calles de Estados Unidos en una proporción importante y menos gente comprará las drogas. Esa es la lógica gringa y debo reconocer que tiene una racionalidad, pero que suba el precio de la droga allá quiere decir que ha subido aquí, doctor Santos, y entonces, cuando usted reduzca a la mitad los cultivos de coca en Colombia se habrá disparado el precio de la cocaína y los narcotraficantes, exportando menos, recibirán básicamente el mismo ingreso. Luego la teoría del Plan Colombia tal vez sea sensata para el Imperio, se lo acepto, pero para nosotros es una teoría de pacotilla, porque si usted busca reducir los ingresos de los delincuentes colombianos o de la guerrilla por la vía de disminuir la producción de coca, no lo va a lograr. Usted, que ha estudiado asuntos de economía sabe que lo que digo es de una racionalidad impecable. No puede hacer nada. Lo que es bueno para Estados Unidos, no es bueno en este caso para Colombia.
Colombia debe tener una estrategia propia contra el narcotráfico, estoy de acuerdo con eso, y me uno a algunas de las voces que se han expresado aquí en ese sentido. Es más, pienso que la legalización, de la manera simplona como se plantea, no opera, no está claro cómo debiera ser. En gracia de discusión, mantengámonos en la ilegalidad. Claramente, los que están combatiendo la ilegalidad del negocio no lo hacen bien, porque de entrada no atacan las causas profundas del problema, ni en Estados Unidos ni en Colombia. Cómo se van a atacar las causas profundas, si estamos en el libre comercio y vamos para un TLC que quebrará a decenas de miles de campesinos. Les digo con franqueza, ministros, que no me satisfacen sus explicaciones y que me ratifico en cada una de las cosas que he dicho.