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Jorge Enrique Robledo: por un proyecto de unidad y progreso nacional.

En Colombia, donde nunca ha existido un verdadero proyecto de desarrollo de la producción y el trabajo nacionales, realidad que se ha empeorado a raíz de la apertura impuesta desde 1990, es imperativo emprender un proyecto de unidad nacional en torno a un conjunto de propósitos de largo plazo que, al menos, tenga como base las siguientes concepciones económicas:

Reconocer que Colombia, por la extensión y condiciones de su territorio y el número y calidades de sus habitantes, debería pertenecer a los países que mayores aportes le han hecho a la evolución material y cultural del mundo. Aceptar, entonces, que avergüenzan un producto per cápita quince veces menor al de las naciones de mayor éxito y una pobreza que las quintuplica porcentualmente. Y compartir que su política económica y social debe ser una que apunte a sacarla de sus carencias, y no la mediocre y mezquina de hoy, que no tiene como objetivo superar el atraso y la pobreza, pues a sus auspiciadores les parece gran cosa lograr que las condiciones de vida de las gentes no se degeneren hasta extremos insoportables, no vaya a ser que estas entren en rebeldía.

Hacer de Colombia la patria amable para sus nacionales también exige entender que no puede aceptarse como legítima cualquier práctica que dé ganancias. El robo y el secuestro, para poner unos ejemplos extremos, se prohíben porque le hacen año a la sociedad, así sus perpetradores se enriquezcan. Lo mismo puede decirse del contrabando, el narcotráfico y la usura. ¿Qué decir, entonces, de quienes defienden el TLC con un simple “es que yo gano”? ¿Y los demás colombianos, la casi totalidad, que no sólo no ganará sino que perderá? ¿Cómo es que esa ganancia hace parte de un proyecto de unidad y progreso nacional? La famosa frase de Fabio Echeverri Correa, que hoy repite complacida la jefatura uribista, de que “la economía va bien pero el país va mal”, es la expresión burlona de quienes lograron separar su suerte personal de la suerte de la nación y los tiene sin cuidado lo que les pase a los demás.

Sacar al país de la crisis también exige mantener sus vínculos con el mundo, como es obvio, pero no con cualquier tipo de relación sino con la que le sirva al proyecto de progreso material y cultural y de independencia política de la nación colombiana. ¿O hicieron mal quienes en el siglo XIX entregaron sus vidas en la conquista de la soberanía y el derecho de autodeterminación nacional, para poder establecer relaciones internacionales diferentes a las del colonialismo? De dichas conquistas debe concluirse el rechazo a la globalización neoliberal, porque esta responde, de manera excluyente, a los intereses de los monopolistas de Estados Unidos y de las otras potencias.

La superación de los problemas de Colombia igualmente pasa por valorar el mercado interno como el principal objetivo de las ventas de su producción industrial y agropecuaria, producción que debe protegerse sin vacilaciones. El llamado desarrollo por exportaciones, fuera de mentiroso porque no ha ocurrido en ningún país, rompe cualquier identidad de intereses entre el capital y el trabajo de la nación, pues lo que les interesa a los empresarios exportadores, a diferencia de los que producen para el mercado interno, es tener mano de obra barata aquí y buena capacidad de compra en el exterior.

El auténtico progreso de Colombia también exige convertir la industrialización en un objetivo fundamental, pues solo así pueden las naciones darle fundamento a su progreso y bienestar. Este pensamiento incluye el repudio a la propuesta neoliberal de especializar al país en las maquilas de baja tecnología que requieren las trasnacionales y en la exportación de materias primas agrícolas y mineras.

Por último, el proyecto de unidad y progreso de la nación colombiana, para que pueda serlo, tiene que responder con especial celo a los intereses y derechos democráticos de los trabajadores de todos los tipos, al igual que asegurarles a ellos y a sus familias el acceso a salud y educación de alta calidad. Y debe repudiar de plano, sin atenuantes ni esguinces, la práctica neoliberal de empobrecer, empobrecer y empobrecer, persiguiéndoles a los asalariados cada centavo de sus ingresos porque los plutócratas, y en especial los extranjeros, lo desean para ellos.

Robledo dice

A la industria también le irá muy mal con el TLC

Por: Jorge Enrique Robledo

Como es inocultable que al agro colombiano (y no sólo al arroz) le irá horrible con el TLC, el gobierno ha salido con el cuento de que, en contraste, la industria ganará, teoría que también han expresado los presidentes de las dos principales organizaciones del sector. En especial, llama la atención que Juan Alfredo Pinto, el presidente de la Acopi, quien habla en nombre de los pequeños y medianos industriales, se haya atrevido a titular un artículo suyo con la siguiente frase: “La pyme, ganadora neta en el proceso de negociación del TLC” (El Tiempo, 28 de febrero de 2006). ¿Será verdad tanta belleza? ¿O es tan falsa la afirmación que hasta suena a ridícula?

De entrada, no deja de ser curioso que se diga que una industria extremadamente débil como la nacional pueda desafiar, y vencer, a la de la primera potencia industrial de la Tierra a la hora de defender el mercado interno colombiano, en donde vende más del 90 por ciento de sus productos, afirmación que es más cierta en el caso de las debilísimas pymes. También genera sospechas que digan que se va a vender en grande en Estados Unidos, derrotando a los productores de ese país y, además, a competidores como los chinos, los mismos que están desplazando a los empresarios colombianos en el propio territorio nacional. Y el análisis de detalle confirma estas advertencias.

Como el “libre comercio” en Colombia no va a empezar con el TLC, pues se remonta a 1990, lo primero es saber que las pérdidas industriales han sido mayores que las agrícolas, lo que es mucho decir. Entre 1993 y 1999, el PIB agropecuario creció muy poco, el 7,35 por ciento, pero el de la industria disminuyó 5,9 por ciento. Otro estudio, este de la Onudi y Mincomercio, muestra que en 1999 la industria se redujo en 25 por ciento, enorme caída que nunca sufrió el agro. Toda la razón le asistió a Carlos Arturo Ángel, presidente de la ANDI, cuando en los noventa habló de la “desindustrialización” del país, anticipándose a que en ese lapso la participación de la industria en el PIB cayó 5 por ciento, una pérdida descomunal. Y eso que estas cifras ocultan dos realidades que las empeoran: como en ellas cuenta la industria transnacional “la cual sufrió menos por su poder y porque la protegieron”, ocultan las mayores pérdidas de la nacional y velan también que entre las pymes hubo una auténtica masacre.

En lo que tiene que ver con la eliminación de los aranceles a las importaciones con el TLC, es indiscutible que le fue bastante más mal a la industria que al agro, pues ella se desgravará más rápido y reducirá su protección a cero, en todos sus sectores, en máximo diez años. Entonces, según estudio de Planeación Nacional (2003), perderán los fabricantes de maquinaria y equipo, madera, alimentos, hilados y fibras textiles, químicos, derivados del petróleo y el carbón, cauchos y plásticos y metálicos. De ahí que Camilo Llinás Angulo, Presidente de Acolfa (Asociación Colombiana de Fabricantes de Autopartes), señalara que “para nosotros el balance es negativo” y que, al preguntársele sobre exportaciones, agregara: “Primero vamos a ver quienes quedan” (El Colombiano, 4 de marzo de 2006).

El capítulo de propiedad intelectual en el TLC también golpea a la industria nacional porque tiene como uno de sus propósitos fortalecer el monopolio de las transnacionales y hacer más difíciles o imposibles los procesos de imitación, los cuales son requisito indispensable para poder innovar en ciencia y tecnología, donde reposa la única y verdadera posibilidad de salir del atraso y la pobreza.

Además, no puede Pinto demostrar que Colombia ganó en remanufacturados, si sus aranceles desaparecerán en máximo diez años, si “un usado más otro usado da como resultado un remanufacturado”, según explica Llinás, y si las importaciones de ropa y zapatos de segunda no quedaron prohibidas sino en licencia previa, categoría que significa que en cualquier momento pueden autorizarlas, como seguramente sucederá si los neoliberales se consolidan en el poder. Y tampoco acierta cuando presenta como gran cosa que las transnacionales podrán ser excluidas de las compras del Estado colombiano inferiores a trescientos millones de pesos, pues el tope es muy bajo si se trata de proteger a la industria nacional, y más si en este aspecto no se logró trato nacional para los productores colombianos en Estados Unidos.

Lo que llaman el “triunfo” de Colombia en el TLC se limita a haber conseguido lo que ya se tenía con el Atpdea, acuerdo que en general viene desde hace 15 años y que, a la vista está, no ha servido para aumentar de manera sustancial las exportaciones a Estados Unidos y mucho menos remontar la pobreza. ¿Cómo pueden presentar como gran cosa mantener el statu quo en exportaciones y abrir una enorme tronera en importaciones? ¿No se comprobó que el Atpdea es la carnada que oculta el garfio que se le clavará en la garganta a la nación?

El balance de cómo le va a ir a Colombia con el TLC no puede hacerse bien si no se distingue entre los intereses del capital nacional y el transnacional, según se deduce de la contradicción entre Afidro, vocera de las farmacéuticas extranjeras, y Asinfar, la agremiación del mismo sector que representa a los empresarios nacionales. Y que también se expresa en la posición de Acolfa y el silencio de las ensambladoras de automóviles, las cuales serán golpeadas por una reducción de los aranceles del 35 por ciento, pero que, como son transnacionales, se lucrarán importando sus vehículos al país. ¿Y cómo ganarán los trabajadores que perderán sus empleos?

La posición de la ANDI se explica con un silencio. ¿Por qué será que luego de tres solicitudes cordiales, todavía no logro que esa organización me responda y me demuestre que no son las transnacionales las que la controlan?