Por: Rosa María Chamorro.
Lo primero que vio caer fueron las hojas del sauce, aguardaba una respuesta del viento, pronto vendría la inundación, el arroz ya estaba sembrado. Cuántos días de trabajo se pierden, cuánta esperanza disgregada todos los años, esperando la misma respuesta del gobierno, hasta que descubre lo ya descubierto, la indolencia oficial.
Esperanza inútil. La Travesía por salvar lo poco a penas comienza, las importaciones terminarán de acabar con todo y no quedará nada.
Más de eso, nadie puede. El hambre azota; Es inútil intentar huir a la ciudad. En las calles tirados como los nadies de Eduardo Galeano, miles de desplazados del campo, sucios, harapientos, con niños enfermos entre los brazos. Entre la multitud de trabajadores en las fábricas, o en las grandes plantaciones de agro combustibles: allí está el hambre, es una realidad.
Cómo superar esta pobreza que nos acecha. Miseria tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Es una pobreza que no duerme: es insomne; violenta, y todo lo que trae es desolación y muerte. Las cadavéricas vacas así lo reflejan, el campo a punto de marchitarse.
Esas son las que competirán con los diluvios de leche que vienen de Europa con los Tratados del Libre Comercio, la situación no puede ser más dramática: Colombia Importa el 95% del trigo, 100% de la cebada, 75% del maíz, 1/3 parte del frijol, 9 de cada 10 toneladas de sorgo y soya, todo el garbanzo, toda la lenteja , toda la arveja seca.
Este es un país que después de 20 años lo están alimentando desde afuera.