Para entender mejor el trabajo de un Senador

Por: Jorge Enrique Robledo

El Congreso (la Cámara de Representantes y el Senado) es una de las instituciones que menos aprecian los colombianos. Y no es para menos, porque las leyes que suele aprobar son muy responsables de que Colombia sea un país tan cruel para un porcentaje enorme de sus habitantes y porque no son pocos los casos de corrupción que con justa razón repudia la ciudadanía.

Pero también es cierto algo que se conoce menos: a los gobiernos poco amigos de las concepciones democráticas les gustan los Congresos débiles, con poca capacidad para decidir con independencia y vigilar las acciones de Presidentes y ministros. De ahí que sea común que el Ejecutivo (el gobierno) busque desacreditar a los Congresos, para de esa manera reclutar a menores costos a la mayoría de los congresistas y ponerlos a respaldar cualquier adefesio que propongan presidentes y ministros.

En la comprensión del papel del Congreso de Colombia es clave entender que mientras el poder Ejecutivo es elegido por la mayoría (51, 60, 70% de los electores), al Congreso lo elige casi toda la nación (cerca del 100% de los electores), incluidas las minorías que perdieron la elección presidencial, lo que lo hace más representativo de la voluntad popular, y en ese sentido más democrático, que el poder Ejecutivo. De ahí que toda dictadura empiece por cerrar el Congreso y concentrar todas las decisiones en el Presidente y la rosca que lo rodea.

De otra parte, es común pensar que los congresistas solo deben aprobar leyes. Pero los congresistas también tenemos el deber legal de hacerle control político al gobierno, denunciándole sus malas políticas y sus favoritismos y corruptelas. Si el gobierno de Álvaro Uribe hace lo que hace a pesar de las denuncias, ¡qué tal que no se hicieran! Y hay un tercer papel de un congresista al que yo le concedo una importancia capital: respaldar la organización y la resistencia civil de los colombianos por mejores condiciones de vida y de trabajo.

Con respecto a la calidad de las leyes que se aprueban, hay que decir que ellas, inevitablemente, responden a la naturaleza de los elegidos, porque en el Congreso decide quien tenga las mayorías. Entonces, en este gobierno no se legisla mal porque la mayoría uribista no sepa o no entienda las consecuencias de sus decisiones, sino porque representa intereses contrarios a los de la nación. Por ejemplo, ellos saben que la Ley de salud produce más dolor y más muerte que todas las violencias que martirizan a Colombia, pero también conocen que el capital financiero se gana sumas inmensas por esa ley y, entonces, prefieren los intereses de unos cuantos a los de los colombianos. Y algo les toca, como es sabido, por legislar en beneficio de las poderosas minorías económicas.

El Congreso muestra que sí que es cierto que los países no cambian cuando cambian los dirigentes, sino cuando cambian los pueblos y estos, a su vez, cambian a los dirigentes. Mientras los colombianos sigan eligiendo a sus verdugos, pues estos seguirán cumpliendo con su oficio, o sea, actuando como sus verdugos. Lo primero que requiere la profunda transformación democrática de Colombia es que haya un pueblo que esté dispuesto a alcanzarla, cosa que el 14 de marzo próximo quiere decir no equivocarse a la hora de votar.